Confesiones de Juan Redondo, hoyo aciago, tarjeta desastrosa.

Confesiones de un hoyo aciago, tarjeta desastrosa.

Hay hechos extraordinarios en esta vida, que son atribuidas a la suerte, a la casualidad, y nunca a una causa justificada humana.

Queridos amigos del Psol:

Hay hechos extraordinarios en esta vida, que son atribuidas a la suerte, a la casualidad, y nunca a una causa justificada humana. Tanto para lo bueno como para lo malo. Cuando a alguien le toca la lotería y además una cantidad importante, o por el contrario cuando un accidente de cualquier índole te amarga la vida y la de tus semejantes, siempre lo atribuimos al destino, a que “estaba escrito” o a una decisión divina cuando se tienen profundas convicciones religiosas.

Lo que me ocurrió el Domingo pasado también fue extraordinario. Y por mucho que lo examino y repaso y me lo pregunto, no encuentro las causas, ni siquiera mentales, ni las razones por las cuales rocé un record Guinnes en un aciago hoyo del campo corto de Golf Park.

¡28 golpes en un par tres!. Terrible, descorazonador, inexplicable, y os lo voy a contar. ¡Si! Ya sé, ya sé….que en los tiempos que corren, contar esto quizás pueda entenderse como una frivolidad, pero no vamos a estar todo el día amargados. Es muy malo para la salud. Veréis.

Todo transcurría normalmente. Última prueba del ranking de P&P de la Federación de Golf de Madrid. Un día extraordinario, quizás caluroso para las fechas que estamos. Campo en buen estado, aunque los greenes estaban un poco machacados, y a las 10,00 horas se da el tiro a la primera categoría. 36 jugadores.

Yo estaba jugando a mi nivel, soy un hp 12,4 que normalmente ese día, acabaría en la horquilla 60-65 golpes…pero héte aquí que aparece el último hoyo, el número tres del recorido, 86 metros, y agua en todo su lateral derecho, para castigar slices….y soquers.

Mis maravillos compañeros de partida, van saliendo y cuando me corresponde, me coloco en la alfombra. Swuing de práctica. Bien. La rutina de siempre. Golpeo la bola y sale a 45 º, hacía el agua con un puntazo impresentable. No pasa nada. Eso le pasa a todo el mundo. Busco la segunda bola que siempre llevo en el bolsillo para no perder tiempo buscando en la bolsa. La coloco con mueca de ligera contrariedad, repito la rutina y….bola al agua.

Me quedo sorprendido, y busco la 3º. Nuevamente tengo el atino de repetir con idéntico resultado el golpe. Me paro y pienso. Adiós tarjeta. Tres por dos seis golpes y voy a por el 7º. Podría droparme en el agua. No. Porque esta pegado al tee, y al droparme la situación de la bola sería peor que en la alfonbra.

Un consejo anónimo procedente de mi partida de ¡tranquilo Juan!, no hace sino ponerme algo nervioso. Determino cambiar de palo y paso de 50º a un 56º que precisamente, en la vuelta anterior me había dejado la bola corta. Al agua. Y otra y otra y otra. Llevo siete, por dos catorce. Todas repetían el mismo camino e inclinación hacia el agua. Había intentado colocarme mejor en el stance, sacar los brazos, no levantar la vista , en fin todos y cada uno de los consejos con los que nuestros profesores cansinamente nos han educado en esa teoría que todos sabemos …y pocos cumplen.

Cuento las bolas que llevaba mandándolas a la playa. Buenas, pro-v, o topflite, (yo ya no reparaba ni en el valor de la bola ni en la cantidad) vaciando peligrosa y paulatinamente la bolsa. Un buen samaritano, digo compañero, me ofrece bolas porsi. Contesto que no. Que de eso no me falta.

Vuelvo a colocar la 8º bola, y cambio de palo, me voy por un pitch, para sacar la bola hacía adelante, aunque la mande a la carretera de Burgos. Y…va al agua con la exactitud machacona de las trayectorias anteriores. Los nervios se van conviertiendo en temblequera. No doy crédito a lo que me está pasando. A mi. Un gladiator del campo, con más lucha y vocación que estilo. Lo repaso todo. ¿Llegaré antes con el cuerpo que con las manos?, ¿Encogeré el brazo y por eso salen punteadas?. ¡Qué se yo!

A todo esto la arbitro principal, se acerca por lo inusitado de la situación y me espeta: -” Se te está poniendo cara de Kevin Costner, (el de Tim Cup). No la contesto. Para qué. La temblequera da paso a la ofuscación y episodio accidental de amnesia golfística. El caso se ha convertido en espectáculo, entre patético y luctuoso. Mis compis no saben que hacer. Me hacen tibios y prudentes consejos de tranquilidad que no pueden ser considerados consejos con penalidad. Es caridad cristiana. El partido del hoyo paralelo se queda mirando desde el anfiteatro del green del 4.

Con la 10º bola me la llevo a la izquierda fuera de límites pero con la tremenda suerte que rebotar y caer dentro del recorrido. Inicio el penoso recoorido hasta el green haciendo ocho golpes hasta embocar el hoyo. ¡Tremendo! ¡Inaudito!.

Al final le digo a Angel, mi marcador: 29. Y él me dice: 28 porque en esta última no llevas penalidad. Otra voz, tímidamente, me dice algo de romper la tarjeta. ¡Ni hablar! Me expongo a todo, pero hay que asumir el desastre, porque de todo se extraen consecuencias y enseñanzas. O… no?

Menos mal que en el 19 me estaban esperando buenos amigos, Berni Rodríguez, Álvaro Garnica, Jesús Pastor, Alfonso Ureña, y el ganador Juan. El tamaño de la copa de cerveza era del 14 parabellum. Silencio comprensivo. Exaltación de la amistad. Cánticos regionales sin ofensas al clero. Promesas de futuro reparador. Alguna sonrisa no malintencionada. Juramentos de que esto queda entre nosotros….y llega Pablo Cabanillas que estaba dando bolas con su familia, me mira, con un rostro imposible de adivinar su sentimiento, y me dice. -Pero Juan, ¿es verdad eso que se cuenta?……

Y pedimos la segunda ronda de cervezas..Sit transit gloria mundi, o como se escriba.
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P.D. Mi psicólogo me ha pedido como primera medida, que me exprese, que lo comparta…

Un abrazo

Juan Redondo

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